Escritora y religiosa novohispana
Nombre: Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana
Reconocida como: La Décima Musa
Obras: Primero sueño, Los empeños de una casa, El divino Narciso, Respuesta a sor Filotea de la Cruz
Sor Juana Inés de la Cruz nació en San Miguel Nepantla, en el virreinato de Nueva España, hacia 1648 o 1651, según las distintas fuentes sobre su nacimiento. Fue poeta, dramaturga, prosista y religiosa jerónima. Encontró en el convento un espacio para estudiar y escribir, pero esa misma institución podía imponer límites a su actividad intelectual. La tensión entre su vocación de conocimiento y las obligaciones de su estado religioso atravesó su vida y explica buena parte de su obra.
Conocida como la Décima Musa, llevó la literatura barroca en español a una de sus expresiones más exigentes. Escribió poesía amorosa, teatro, textos teológicos y una singular exploración poética del pensamiento humano. También defendió, desde los argumentos de su época, el derecho de las mujeres a aprender.
Infancia y formación
Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana fue hija de Isabel Ramírez de Santillana y de Pedro Manuel de Asbaje, que no estaban casados entre sí. Creció entre Nepantla y Panoaya, en un entorno rural próximo a Ciudad de México. Según contó ella misma años después, aprendió a leer siendo muy pequeña y buscó libros en la biblioteca de su abuelo materno. Allí comenzó una formación que nunca siguió un programa académico regular.
En su Respuesta a sor Filotea relató que pidió a su madre que la enviara a la universidad vestida de hombre, porque los estudios superiores estaban reservados a los varones. Es un testimonio autobiográfico, no un episodio comprobado por documentación independiente. Más tarde aprendió latín y estudió por su cuenta materias tan distintas como lógica, historia, música, geometría y teología.
La corte virreinal
Durante su adolescencia entró al servicio de Leonor Carreto, esposa del virrey Antonio Sebastián de Toledo, marqués de Mancera. La corte le abrió el acceso a conversaciones, libros y relaciones intelectuales que difícilmente habría encontrado fuera de ese ambiente. El jesuita Diego Calleja contó que el virrey reunió a numerosos eruditos para examinarla sobre distintas disciplinas. La escena procede de ese testimonio posterior, pero refleja la reputación de la joven como estudiosa excepcional.
Pese al reconocimiento cortesano, su posición no le ofrecía una vía estable para dedicarse al estudio. Tras una breve experiencia entre las carmelitas descalzas, ingresó en el convento de San Jerónimo y profesó el 24 de febrero de 1669.
La celda, los libros y la sociedad colonial
En San Jerónimo reunió una biblioteca considerable y estudió con instrumentos científicos y musicales. Su celda fue lugar de trabajo y también de recepción de visitantes relacionados con el mundo culto de Nueva España. Las actividades de escritura convivían con la liturgia, la administración cotidiana y las jerarquías del convento: el claustro le ofrecía tiempo para leer, pero no la sustraía de las relaciones de poder de su sociedad.
Los conventos acomodados de la época contaban con criadas, niñas bajo tutela y personas esclavizadas. Sor Juana fue propietaria de una mujer esclavizada, Juana de San José, a quien vendió a su hermana Josefa en 1684 junto con su hijo pequeño. La operación quedó registrada en una escritura de compraventa. El episodio muestra que la autonomía intelectual de la religiosa coexistió con su participación en las estructuras de esclavitud y desigualdad del virreinato.
El Barroco de sor Juana
Su escritura emplea el ingenio, la antítesis, la alegoría y el razonamiento paradójico característicos del Barroco. Como Luis de Góngora, elaboró metáforas difíciles, referencias mitológicas y construcciones sintácticas complejas; pero también utilizó una lengua directa y punzante cuando el tema lo exigía. Su dominio de registros tan distintos le permitió pasar del juego cortesano a la reflexión filosófica sin abandonar la precisión verbal.
En las redondillas que comienzan «Hombres necios que acusáis», desmontó mediante preguntas y contradicciones la doble moral masculina. En el soneto «Este que ves, engaño colorido», dedicado al retrato, llamó a la pintura «falsos silogismos de colores»: la imagen promete detener la juventud, aunque no puede vencer el tiempo. La expresión reúne una observación sobre el arte, un concepto de lógica y una meditación sobre la muerte.
Neptuno alegórico y la fama en España
En 1680 recibió el encargo de idear el programa simbólico de un arco triunfal para la entrada del nuevo virrey, Tomás de la Cerda, marqués de la Laguna. Neptuno alegórico explicó aquel conjunto de pinturas, emblemas, inscripciones y versos latinos. Al asociar al gobernante con el dios del mar, sor Juana combinó mitología, saber humanístico y elogio político. No era una simple decoración: el texto mostraba cómo la literatura participaba en la representación pública del poder colonial.
La virreina María Luisa Manrique de Lara, condesa de Paredes, fue una protectora decisiva y favoreció la circulación de sus escritos en España. En Madrid se publicó en 1689 Inundación castálida, primera recopilación importante de sus poemas; en 1692 apareció el Segundo volumen de sus obras. Las ediciones peninsulares ampliaron su público, aunque esa difusión dependió también del prestigio de la corte y de los mecanismos de patronazgo de la época.
Poesía amorosa, teatro y música
Una parte considerable de su poesía explora el deseo, los celos, la ausencia y la naturaleza contradictoria del amor. Varios poemas se dirigen a la condesa de Paredes bajo el nombre poético de Lisi y utilizan un lenguaje afectivo intenso. La crítica ha discutido cómo interpretar esa intimidad: las convenciones del elogio cortesano explican parte de su expresión, pero los versos también han suscitado lecturas sobre la experiencia amorosa de la autora. El texto poético, por sí solo, no demuestra una relación sentimental.
Escribió comedias como Los empeños de una casa y Amor es más laberinto, esta última en colaboración con Juan de Guevara. Su dramaturgia dialoga con la tradición de Pedro Calderón de la Barca mediante el enredo, las identidades equívocas y las construcciones alegóricas. En el auto sacramental El divino Narciso, la loa inicial pone en escena figuras de los cultos indígenas y de la religión cristiana, un encuentro dramático atravesado por el problema de la evangelización.
La música tampoco fue un adorno de su cultura. Compuso letras para villancicos y pensó sobre las relaciones entre armonía, proporción y conocimiento. Se le atribuye un tratado musical hoy perdido, conocido como El caracol; no puede reconstruirse su contenido con seguridad.
Primero sueño y los límites de la razón
Su poema más ambicioso, Primero sueño, publicado en 1692, tiene 975 versos. Mientras el cuerpo duerme, el entendimiento intenta elevarse hasta una visión total del universo. La empresa fracasa: ni la intuición inmediata ni el análisis sucesivo consiguen abarcarlo todo. Con la llegada del día termina el viaje nocturno, pero no desaparece el impulso de conocer.
En esta obra confluyen la huella de Góngora, la filosofía aristotélica, las imágenes neoplatónicas y una curiosidad por la ciencia de su tiempo. Los estudiosos han relacionado parte de su imaginario con el hermetismo y con la obra del jesuita Atanasio Kircher, empeñado en buscar correspondencias entre distintas formas del saber. No conviene, sin embargo, reducir el poema a una doctrina única: la aspiración al conocimiento y la conciencia de sus límites son precisamente su tensión central.
La Carta atenagórica y la disputa teológica
En 1690, el obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz, publicó con el título de Carta atenagórica una crítica escrita por sor Juana al Sermón del Mandato del jesuita portugués António Vieira. La discusión trataba de las «finezas» de Cristo: qué acto manifestaba de manera más extraordinaria su amor hacia los seres humanos. Sor Juana rebatió los argumentos de Vieira y defendió la idea de que Dios puede conceder un beneficio precisamente al abstenerse de otorgar aquello que perjudicaría espiritualmente a una persona.
El obispo acompañó el escrito con una carta firmada como «sor Filotea de la Cruz». Elogiaba el talento de la monja, pero le aconsejaba orientar su actividad hacia el estudio religioso. La publicación desencadenó una controversia intelectual y eclesiástica. Se ha interpretado, entre otras hipótesis, como parte de las tensiones entre el obispo de Puebla y el arzobispo de México, Francisco de Aguiar y Seijas; esa lectura política es discutida y no debe presentarse como la explicación demostrada del episodio.
Respuesta a sor Filotea: el derecho a estudiar
Sor Juana contestó en 1691 con la Respuesta a sor Filotea de la Cruz. Expuso allí las dificultades de su educación, defendió el aprendizaje de las mujeres y explicó por qué los conocimientos profanos podían servir para comprender mejor los textos sagrados. Su argumentación combinó recuerdos personales, ejemplos de mujeres sabias de la Antigüedad y razonamientos teológicos.
Al describir el sentido de su vocación escribió: «Yo no estudio para escribir, ni menos para enseñar», sino para comprobar si «con estudiar ignoro menos». La modestia de esa formulación no elimina su fuerza: frente a quienes consideraban impropio que una religiosa cultivara tantos saberes, reivindicó la legitimidad del deseo de aprender. Su defensa no equivale a un programa feminista moderno, pero sí contiene una impugnación explícita de las restricciones intelectuales impuestas a las mujeres.
Últimos años y reconocimiento
A partir de 1693 disminuyó su producción literaria pública y se desprendió de buena parte de sus libros e instrumentos. Se han propuesto explicaciones distintas para ese cambio, desde las presiones de las autoridades religiosas hasta una intensificación voluntaria de su vida penitencial. La documentación no permite atribuirlo a una sola causa. En 1694 renovó sus compromisos religiosos.
Durante una epidemia en el convento cuidó a religiosas enfermas y murió en Ciudad de México el 17 de abril de 1695. En 1700 apareció en Madrid Fama y obras póstumas, que prolongó la difusión de sus textos. Su pensamiento ha sido reexaminado por la historia literaria y los estudios sobre la educación y la condición femenina; Octavio Paz contribuyó decisivamente a su reinterpretación moderna con Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe.
Su presencia se extiende también a la cultura pública mexicana: el antiguo convento alberga la Universidad del Claustro de Sor Juana y su retrato figura en el billete de 100 pesos de la familia G, puesto en circulación en 2020. Más allá de esos reconocimientos, la pregunta que sostiene su obra conserva toda su importancia: hasta dónde puede llegar la inteligencia humana y quién tiene permitido ejercitarla.